martes, junio 19, 2007

Las bellezas encontrables en este mundo son tan escasas como fugaces los momentos en que logramos hallar una de ellas. Es tan extraño lo que se siente en esos momentos de comunión estética con lo otro que vale la pena poder encerrarlas ya para siempre en una pequeña caja de cirstal de memoria. Pero tal cosa es, la vez que lo intentamos, imposible.
Es inclasificable el caos de sensaciones, sentimientos, pensamientos y visiones que se experimentan en esos instantes de eternidad que logramos entrever. Un caos uniforme que es el perfecto resumen de lo absoluto. La magia del eterno río plateado que es la vida que fluye, para terminar eternamente vacía. La belleza efímera que realza lo efímero de la belleza de una vida finita en un cosmos infinito.
De los contrastes nace la belleza (o lo absurdo, según Camus) como extrañamiento ante un mundo de mecanismos más o menos descubiertos e individualizados. La belleza como excepción o como ruptura. O como anticipo de una libertad absoluta y final.
El mundo está lleno de esas manifestaciones, aunque es difícil para la percepción normal captarlas cada vez que se presentan. Ahí radica todo su valor; en nuestra incapacidad de ver. Las falencias de la percepción adormecida incrementan el valor de los momentos en los cuales nuestros sentidos abren abolutamente sus poros y dejan que sean enteramente invadidos por esas afímeras manifestaciones de belleza.
Tal vez, en esos instantes de comunión, el alma sea llevada automáticament por un flujo de infinitas asociaciones inconcientes. De percepciones reales que descienden de otro plano, fuera de lo "real", conformado únicamente por imágenes que en nuestro inconsciente son presumiblemente bellas. Las imágenes se asocian entre ellas formando combinaciones infinitas hasta la culminación de ese instante eterno. Como un sueño en vigilia, porque en los sueños la temporalidad es diferente a la de la vigilia, porque el inconsciente evita, en tiempos de sueño, manifestaciones irrisorias. El incosciente reúne en un segundo miles de años de experiencias, sin los aditamentos sin importancia que aporta la vigilia. Los sueños son puro significado desenvolviéndose, y existe sólo lo necesario de "cotidaneidad" como para que el sueño adquiera algo de sentido y unidad abstracta.
La experiencia de la belleza es una ensoñación fugaz, un estado fuera de lo cotidiano, por ende es ubicarse en un lugar y tiempo enteramente diferentes del que estábamos ubicados antes de la comunión estética.
Existe un desencadenante para esos momentos, una imagen, un sonido, alguna percepción fugaz; desde ese punto comienza el encadenamiento infinito y, al mismo tiempo, fugaz que conforman la experiencia bella. La percepción desencadenante es una llave precisa que abre "las puertas de la percepción" y es única. Ésta está condicionada por, fundamentalmente, el tiempo, y por el espacio, ya que nunca nadamos el mismo río. Nunca pasa lo mismo.

1 comentario:

Prometeo della Sierra dijo...

¡Pero qué sesudo que eras! jajaja.